Mormon SUD

¨Łɑ Ɛxρɪɑcɪŏŋ: ŋʋesŧrɑ ɱɑƴσr esρerɑŋƶɑ¨

Presidente James E Faust

Segundo Consejero de la Primera Persidencia


 


 

   Mis amados hermanos, hermanas y amigos: Humildemente vengo a este púlpito esta maniana porque deseo hablarles del mayor acontecimiento de la historia. Ese singular acontecimiento fue la incomparable Expiación de nuestro Senior y Salvador, Jesucristo. Se trata del acto más trascendente que haya ocurrido jamás, pero a la vez es el más difícil de comprender. Mis morivos para querer aprender todo lo que pueda sobre la Expiación son, en parte egoístas: nuestra salvación depende de creer en la Expiación y de aceptarla (véase Mosíah 4:6~7); dicha aceptación requiere de un esfuerzo continuo por comprenderla más plenamente. La Expiación avanza nuestro curso terrenal de aprendizaje al hacer posible que nuestra naturaleza llegue a ser perfecta (véase Moroni 10:32). Todos hemos pecado y debemos arrepentirnos para saldar por completo nuestra parte de la deuda. Cuando nos arrepentimos con sinceridad, la magnífica Expiación del Salvador paga el resto de esa deuda (véase 2º Nefi 25:23).

   Pablo ofreció una explicación sencilla sobre la nececidad de la Expiación: Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados (1ª Corintios 15:22). Jesucristo fue escogido y preordenado para ser nuestro Redentor antes de que el mundo fuese formado. En Su calidad divina de Hijo, con Su vida sin mancha, el derramamiento de Su sangre en el Jardín de Getsemaní, Su espantosa muerte en la cruz y la consiguiente resurrección de Su cuerpo, llegó a ser el autor de nuestra salvación y llevó a cabo una expiación perfecta por toda la humanidad (véase la Guía para el Estudio de las Escrituras, "Expiación", pág 76).

   El entender lo que podamos de la Expiación y la Resurrección de Cristo nos ayuda a obtener un conocimiento de Él y de Su misión (véase Jacob 4:12). Cualquier aumento de nuestra comprensión de Su sacrificio expiatorio nos acerca más a Él. Literalmente, la palabra Expiación significa ser uno con Él. La naturaleza de la Expiación y sus efectos son tan infinitos, tan incomprensibles y tan profundos, que escapan a nuestro conocimiento y comprensión de hombres terrenales. Estoy sumamente agradecido por el principio de la gracia salvadora. Muchos creen que sólo tienen que confesar que Jesús es el Cristo y que entonces ya son salvados por la gracia; pero no podemos salvarnos por la gracia solamente, pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos (2º Nefi 25:23).

   Hace algunos anios, el presidente Gordon B Hinckley relató algo parecido a una parábola sobre una escuela de un solo cuarto en las montanias del estado de Virginia, donde los muchachos eran tan rudos que ningún maestro había logrado disciplinarlos.

   Un maestro joven solicitó la plaza. Se le dijo que cada maestro había fracasado rotundamente, pero decidió aceptar el riesgo. El primer día de escuela el maestro pidió a los muchachos que establecieran sus propias reglas y el castigo por quebrantarlas. La clase fijó diez reglas que se escribieron en la pizarra y luego el maestro preguntó: '¿Qué haremos con aquel que quebrante las reglas?'.

   'Quitarle el abrigo y darle diez azotes en la espalda', fue la respuesta.

   Unos días después, Tom, un alumno alto y fuerte, descubrió que le habían robado el almuerzo. Encontraron al ladrón, un hambriento muchachito de unos diez anios.

   Cuando Jim se acercó para recibir su castigo suplicó que no le quitaran el abrigo. 'Quítate el abrigo', dijo el maestro. '¡Tú colaboraste en la creación de las reglas!'.

   El muchacho se quitó el abrigo. No tenía camisa y su flaco torso quedó al descubierto. El maestro vaciló con la vara y Tom se puso de pie y se ofreció de voluntario para recibir el castigo del muchacho.

   'Muy bien, existe cierta ley mediante la cual uno puede tomar el lugar del otro. ¿Están todos de acuerdo?', preguntó el maestro.

   Después de cinco azotes en la espalda de Tom, la vara se rompió. La clase estaba llorando. El pequenio Jim se había puesto en pie y echado sus brazos alrededor del cuello de Tom. 'Tom, siento haberte robado el almuerzo, pero tenía mucha hambre. ¡Tom, te amaré hasta que muera por haber recibido los azotes que eran para mí! ¡Sí, siempre te amaré!' (véase 'El maravilloso y verdadero relato de la Navidad', Liahona diciembre de 2000, pág 21).

   Entonces, el presidente Hinckley citó a Isaías: Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores. . . Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Isaías 53:4~5).

   Ningún hombre conoce el peso que tuvo que soportar el Salvador pero por el poder del Espíritu Santo podemos saber algo del don celestial que nos concedió (véase 1ª Corintios 12:3). Uno de nuestros himnos sacramentales dice:

       Jamás podremos comprender

       las penas que sufrió,

       mas para darnos salvación

       El en la cruz murió.

       ('En un lejano cerro fue', Himnos 119).

   Sufrió tanto dolor, una angustia indescriptible y una tortura inaguantable (John Taylor, The Mediation and Atonement, 1882, pág 150) por causa nuestra. Su terrible sufrimiento en el Jardín de Getsemaní, donde tomó sobre Sí los pecados de todos los hombres, hizo que sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el Espíritu (DyC 19:18). Y estando en agonía, oraba más intensamente (Lucas 22:44), diciendo: Padre mío, si no puedes pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad (Mateo 26:42). Fue traicionado por Judas Iscariote y negado por Pedro. Los ancianos y el concilio se burlaron de Él; lo azotaron, le abofetearon, le escupieron y lo torturaron en el tribunal (véase Mateo 26:47~75; 27:28~31).

   Lo guiaron al Gólgota, donde los clavos atravesaron Sus manos y pies. Colgó agonizante durante horas en una cruz de madera y con un título escrito por Pilato que decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS (Juan 19:19). Vinieron las tinieblas y cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz diciendo: Elí, elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mateo 27:46). Nadie podía ayudarle, estaba pisando el lagar Él sólo (véase DyC 133:50). Entonces, Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu (Mateo 27:50). Y uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua (Juan 19:34). La tierra tembló y el centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios (Mateo 27:51, 54). En las palabras del himno: No me dejes olvidar que fue por mí, oh Salvador, que sufriste en el Calvario, padeciendo mi dolor ('Hoy con humildad te pido', Himnos 102). Me pregunto cuántas gotas derramó Él por mí.

   Lo que hizo sólo lo podía hacer un Dios. Como era el Hijo Unigénito del Padre en la carne, Jesús heredó atributos divinos. Fue la única persona nacida en este mundo que pudo realizar ese acto tan importante y divino; y como fue el único hombre sin pecado que haya vivido en la tierra, no estaba sujeto a la muerte espiritual. A causa de Su divinidad también tenía el poder sobre la muerte física. Así hizo por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos. Rompió las frías ligaduras de la muerte e hizo posible que tuviéramos el sereno consuelo del don del Espíritu Santo (véase Juan 15:26).

   La Expiación y la Resurección logran muchas cosas. La Expiación nos limpia del pecado a cambio de nuestro arrepentimiento, que es la condición mediante la cual se nos extiende la misericordia (véase Alma 42:22~25). Después de todo lo que podamos hacer para pagar hasta el último cuadrante y enmendar nuestros errores, la gracia del Salvador se activa en nuestra vida mediante la Expiación, la cual nos purifica y nos perfecciona (véase 2º Nefi 25:23; Alma34:15~16; 42:22~24; Moroni 10:32~33). La resurección de Cristo venció la muerte y nos dio la certeza de la vida después de esta vida. El dijo: Yo soy la resurección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá (Juan 11:25). La Resurección es incondicional y se aplica a todos los que hayan vivido o vivan (véase Hechos 24:15). Es un don gratuito. El presidente John Taylor describió esto muy bien cuando dijo: Las tumbas se abrirán y los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y saldrán, los que hayan hecho el bien a la resurrección de los justos, y los que hayan hecho el mal a la resurrección de los injustos (Gospel Kingdom, sel G Homer Durham, 1943, pág 118; véase también Juan 5:28~29).

   Con respecto a nuestros actos en esta vida y a la Expiación, el presidente J Reuben Clark, hijo, contribuyó esta valiosa reflexión cuando dijo: Considero que el Salvador nos dará el menor de los castigos que justifique nuestra transgresión. Creo que, como parte de Su justicia, ofrecerá todo Su infinito amor, bendiciones, misericordia, amabilidad y comprensión. . . Y, por otro lado, creo que cuando nos recompense por nuestra buena conducta, nos dará lo máximo que pueda, teniendo presente la ofensa que hayamos cometido ('As Ye  Sow. . .,' Brigham Young University Speeches of the Year, 3 de mayo de 1955, pág 7).

   Tal y como escribiera Isaías, si nos volvemos al Senior, Él... será amplio en perdonar (Isaías 55:7).

   Se nos manda recordar los singulares hechos de la mediación, la crucificción y la expiación al participar cada semana de la Santa Cena. Tras escuchar las oraciones sacramentales participamos del pan y del agua en memoria del cuerpo y la sangre sacrificada por nosotros, y debemos recordarle y guardar Sus mandamientos para que siempre podamos tener Su espíritu con nosotros.

   Nuestro Redentor tomó sobre sí todo pecado, dolencia, padecimiento y enfermedad de los que han vivido o hayan de vivir (véase Alma 7:11~12). Nadie ha sufrido jamás lo que Él padeció. Él conoce nuestras pruebas en Su propia carne. Es como intentar escalar el monte Everest y sólo ascender unos pocos metros. Pero Él ha ascendido los 8'640 metros hasta la cima. Él sufrió más de lo que puede sufrir hombre alguno.

   La Expiación no sólo beneficia al pecador sino a los ofendidos, es decir a las víctimas. Al perdonar a los que pecaren contra nosotros, la Expiación concede paz y consuelo a los que inocentemente han padecido por los pecados de otros. El recurso principal para la curación del alma es la expiación de Jesucristo, tanto si se trata de una tragedia personal como de una terrible calamidad nacional. . .

   Una hermana que había pasado por un doloroso divorcio escribió sobre cómo cobró fuerzas debido a la Expiación, y dijo: "Nuestro divorcio... no me liberaba de mi obligación de perdonar. Realmente quería hacerlo, pero era como si me hubiera mandado hacer algo para lo que era incapaz". Su obispo le dio un buen consejo: "Haga sitio en su corazón para el perdón, y cuando éste llegue, déle la bienvenida". Pasaron muchos meses en los que proseguía su lucha por perdonar. "Durante aquellos largos momentos... acudí a una fuente de consuelo procedente de mi amoroso Padre Celestial. Creo que no se quedaba ahí mirándome por no haber sido todavía capaz de perdonar, sino que más bien se compadecía conmigo mientras yo sollozaba. . . Finalmente, lo que ocurrió con mi corazón es para mí una evidencia sorprendente y milagrosa de la Expiación de Cristo. Siempre había visto la Expiación como un medio de hacer que el arrepentimiento obrase para el pecador, y no me había dado cuenta de que también facilita el que el ofendido reciba en su corazón la dulce paz del perdón" (Autor anónimo, Ensign, "My Journey to Forgiving", febrero de 1997, págs 42~43).

   El ofendido debe hacer todo lo posible para superar sus pruebas, y el Salvador socorrerá a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos (Alma 7:12). Él nos ayudará a llevar nuestras cargas. Algunas heridas duelen tanto y son tan profundas, que no se pueden curar sin la ayuda de un poder superior y una esperanza en la justicia perfecta y la restitución en la vida venidera. Dado que el Salvador ha padecido todo lo imaginable que nosotros podemos sentir o experimentar (véase Alma~7:11), Él puede ayudar a los débiles a fortalecerse. Él lo ha experimentado todo, comprende nuestro dolor y caminará a nuestro lado aun en los momentos más difíciles.

   Anhelamos la bendición máxima de la Expiación: el ser uno con Él, estar en Su divina presencia, ser llamados por nuestro nombre cuando nos dé la bienvenida a casa con una radiante sonrisa, haciéndonos senias con los brazos abiertos para circundarnos en Su infinito amor (véase Alma 26:15; Mormón 5:11; 6:117; Moisés 7:63). ¡Cuán gloriosa y sublime será esa experiencia si podemos sentirnos lo bastante dignos para estar en Su presencia! El don gratuito de su gran sacrificio expiatorio es la única forma de poder recibir la exaltación para estar ante Él y verle cara a cara. El sobrecogedor mensaje de la Expiación el el amor perfecto que el Salvador tiene por cada uno de nosotros. Se trata de un amor lleno de misericordia, paciencia, gracia, equidad longanimidad y, por encima de todo, perdón.

   La maligna influencia de Satanás puede destruir cualquier esperanza que tengamos en vencer nuestros errores. Nos hace sentir perdidos, desesperanzados. Por el contrario, Jesús desciende a donde estamos para elevarnos. Mediante el arrepentimiento y el don de la Expiación podemos prepararnos para ser dignos de permanecer en Su presencia. De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amen.


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