por el élder Dennis B Neuenschwander

De la Presidencia de los Setenta

Las ordenanzas y los convenios sagrados

proporcionan a nuestra vida

una investidura de poder divino.


   Todos somos conscientes de que la misión de la Iglesia consiste en llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre al invitar a todos a venir a Cristo y {ser perfeccionados} en Él (La misión de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días). Una de las ensenianzas más importantes que el Salvador dio a los apóstoles justo antes de Su arresto, es la que aparece registrada en Juan: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí (Juan 14:6). El rey Benjamín ensenió esa misma doctrina con las siguientes palabras: No se dará otro nombre, ni otra senda ni medio, por el cual la salvación llegue a los hojos de los hombres, sino en el nombre de Cristo, el Senior Omnipotente (Mosíah 3:17).

   Éstos y muchos otros pasajes de las Escrituras, tanto antiguas como modernas, confirman la doctrina fundamental de que Jesucristo y Su sacrificio expiatorio constituyen la esencia misma del plan de salvación. Para un Santo de los Últimos Días, la doctrina de salvación en el nombre de Cristo y por medio de Él, y la misión de la Iglesia de invitar a todos a venir a Él, abarca a todos los que han vivido o vivirán sobre esta tierra. Dicha doctrina es inclusiva por naturaleza, y no excluye a nadie. En respuesta a la pregunta de cómo cumple la Iglesia esta misión de invitar a todos a venir a Cristo, nos aprestamos a responder: al proclamar el Evangelio, perfeccionar a los santos y redimir a los muertos. Naturalmente, no estaríamos errados, pero con tan rápida respuesta pasaríamos por alto partes importantes de información. La respuesta exacta a dicha pregunta incluye lo siguiente:

   Proclamar el Evangelio del Senior Jesucristo a toda nación, tribu, lengua o pueblo, y prepararlos para recibir las ordenanzas del Evangelio.

   Perfeccionar a los santos al prepararlos para recibir las ordenanzas y los convenios del Evangelio y, mediante la instrucción y la disciplina, recibir la exaltación.

   Redimir a los muertos al realizar ordenanzas vicarias del Evangelio a favor de aquellos que vivieron en la tierra.

   La participación en las ordenanzas sagradas, tanto vicarias como por los vivos, y la fidelidad o la obediencia a los convenios relacionados con esas ordenanzas son esenciales en el Evangelio del Jesucristo y en el proceso de venir a Él y ser perfeccionados en Él. Quisiera enfocar la atención en esta función fundamental de las ordenanzas y los convenios.

   En un sentido muy amplio, se puede denominar ordenanza todo lo que ha sido ordenado y establecido por la autoridad de Dios con la intención de que se ponga en práctica en la vida de Sus hijos. En consecuencia, los mandamientos, estatutos, decretos y requisitos de Dios se definen de forma apropiada como ordenanzas de Dios. En un sentido un tanto más estrecho, se entiende que las ordenanzas también son actos solemnes o ceremonias que tienen propósitos, trascendencia y significado sagrados y santos bastante específicos. La referencia que hago en cuanto a las ordenanzas encaja en esta aplicación más estrecha.

 

PARECERES DIVERSOS SOBRE LAS ORDENANZAS

   Me gustaría hacer unas breves observaciones generales sobre el papel de las ordenanzas en el mundo cristiano actual. En las denominaciones protestantes, la gracia y la fe han cobrado superiodidad como los requisitos principales ~o únicos~ para la salvación. Cuánto más singular es el papel de la gracia en el proceso de la salvación, menos importante es el papel de las ordenanzas en dicho proceso. Es decir, si creo que Dios, de forma arbitraria, decide si voy o no voy a ser salvo, entonces mi participación en las ordenanzas tendrá poco o ningún efecto. Del mismo modo, si la fe en el Senior Jesucristo es el principal o el único requisito para la salvación, nuevamente hay poca necesidad de participar personalmente en las ordenanzas. Es más, si la fe es el único elemento determinante de la salvación, de algún modo nos tenemos que preguntar qué vamos a hacer con los miles de millones que nunca han oído de Jesucristo o no tuvieron ocasión de confesar Su nombre.

   Si la participación en las ordenanzas pierde su importancia, sucede también lo mismo con la importancia de la autoridad divina. Si esto es así, un bautismo es tan bueno como cualquier otro; de hecho, muchas iglesias aceptan como válidos los bautismos efectuados por otras confesiones. En consecuencia, el concepto de la autoridad divina y la importancia de las ordenanzas debidamente administradas como requisitos de salvación, se ven enormemente mermados.

   Existe el concepto corolario de que cuanto más asevere una iglesia haber sido fundada en la antigüedad y poseer la autoridad apostólica, tanto más prominente es el hincapié que se hace en las ordenanzas sagradas y la autoridad divina para efectuarlas. Tanto la Iglesia Católica del desarrollo occidental del cristianismo como la Iglesia Ortodoxa del este asumen esta postura. Cada uno afirma tener autoridad divina y ensenia la importancia de las ordenanzas sagradas, conocidas en la tradición occidental como 'sacramentos' y en la oriental como 'misterios'. Básicamente, éstos son siete: bautismo, confirmación, Eucaristía, arrepentimiento {que incluye la confesión}, santas órdenes, matrimonio y unción, ya sea de los enfermos o la extremaunción.

   La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días también afirma para sí un origen antiguo y, por tanto, da gran importancia tanto al papel de las ordenanzas y los convenios, como a la necesidad de la autoridad divina para administrarlos. El tercer Artículo de Fe ensenia: Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio.

   Las ordenanzas y la autoridad divina para administrarlas no comenzaron con la restauración del Evangelio y la fundación de la Iglesia actual en 1830. Las sagradas ordenanzas del Evangelio, como requisitos para la salvación y la exaltación, fueron instituidas desde antes de la fundación del mundo (DyC 124:33), y siempre han sido una parte inmutable del Evangelio. El profeta José Smith ensenió: No deben alterarse ni cambiarse las ordenanzas que fueron instituidas en los cielos antes de la fundación del mundo, en el sacerdocio, para la salvación de los hombres. Todos tienen que salvarse de acuerdo con los mismos principios (Ensenianzas del profeta José Smith, pág 376).

   Si éste no fuera el caso, la salvación sería en verdad una cuestión arbitraria y estaría limitada a los que han tenido la fortuna de haber oído en cuanto a Jesucristo y de haber creído en Él. Ese principio de requisitos uniformes e inalterables es lo que da verdadero sentido a la realización de las ordenanzas vicarias del templo. El Profeta escribió que el bautismo por los muertos y el registro de tales bautismos se ajustan a la ordenanza y preparación que el Senior ordenó y dispuso antes de la fundación del mundo, para la salvación de los muertos que fallecieron sin el conocimiento del Evangelio (DyC 128:5).

   Sin embargo, con el tiempo y la apostasía que ocurrió después de la resurrección y la ascensión de Cristo se cambiaron o perdieron la autoridad divina del sacerdocio y las sagradas ordenanzas, y se quebrantaron los convenios relacionados a ellas. El Senior reveló Su desagrado al respecto con las siguientes palabras:

   Porque se han desviado de mis ordenanzas y han violado mi convenio sempiterno.

   No buscan al Senior para establecer su justicia, antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios (DyC 1:15~16).

   Esta situación hizo necesaria una restauración de conocimiento tocante a la importancia, el significado y la administración de las sagradas ordenanzas del Evangelio, tanto vivientes como vicarias, así como de la autoridad divina del sacerdocio y las llaves del mismo para administrarlas.

   Dirijamos ahora nuestra atención a algunos de los factores que hacen de la participación personal y digna en las sagradas ordenanzas del Evangelio debidamente efectuadas algo tan importante en nuestra determinación de venir a Cristo y ser perfeccionados en Él.

 

UNA MANERA DE CONOCER A DIOS

   1°: Llegamos a conocer a Dios mediante la participación personal en las sagradas ordenanzas del Evangelio. Me remito a la sección 84 de Doctrina y Convenios versículos 19~21, donde leemos:

   Y este sacerdocio mayor administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios.

   Así que, en sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad.

   Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne.

   Nuestra participación en las sagradas ordenanzas ensenia mucho sobre el orden del reino de Dios y sobre Él mismo. Por ejemplo, resulta extranio pensar que alguien pudiera entrar en el templo para efectuar algunas de las más sagradas ordenanzas antes de recibir el bautismo, que es una de las primeras ordenanzas del Evangelio. En el reino de Dios hay orden, así como también lo hay en la forma en que aprendemos sobre dicho orden. El Senior dijo a Nefi: Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría; pues a quien reciba, le daré más; y a los que digan: Tenemos bastante, les será quitado aun lo que tuvieren (2º Nefi 28:30).

   En otra ocasión el Senior dijo: Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto (DyC 50:24).

   No lo recibimos todo de golpe, sino que recibimos conocimiento de las cosas sagradas de forma gradual y a incrementos al ser merecedores de dicho conocimiento y al ser obedientes a él. Desde la primera ordenanza del reino ~el bautismo~ progresamos hacia otras ordenanzas como la confirmación y la ordenación al sacerdocio, todo lo cual conduce a las más sagradas de todas, las cuales se efectúan en el templo. Nuestra participación en las sagradas ordenanzas del Evangelio da orden a nuestro conocimiento del reino y, por tanto, nos revela la naturaleza de Dios.

   Las ordenanzas sagradas y el conocimiento de Dios están íntimamente relacionados; por consiguiente, ¿cuáles son algunas de las cosas que aprendemos sobre Dios al participar en Sus ordenanzas senialadas? Tomemos el bautismo como ejemplo. El bautismo por inmersión es para la remisión de los pecados. La persona que se ha arrepentido por completo de sus pecados y que de todo corazón recibe el bautismo, sabe que Dios no sólo tiene poder para perdonar y retirar la carga de la culpa asociada al pecado, sino que realmente lo hace. Esa persona sabe, por experiencia propia, algo sobre Dios y Su magnífico poder y bondad. La única forma de saber verdaderamente esas cosas es al participar dignamente en la ordenanza misma del bautismo.

   El bautismo abre la puerta del reino de Dios, a través de la cual no sólo se accede siendo limpio, sino con el conocimiento certero de que Dios perdona. Lo mismo se puede decir de las demás ordenanzas sagradas del Evangelio. Con el tiempo y mediante la obediencia, progresamos hacia las ordenanzas del templo, donde se fortalece nuestra convicción de que nuestras relaciones más preciadas no se ven afectadas por la muerte. Recibimos este conocimiento al participar en las ordenanzas que tienen como fin enseniarnos tales cosas, pues no se pueden saber de otra forma. El profeta José Smith ensenió lo siguiente en cuanto a cómo conocer la santa verdad mediante nuestra participación en las ordenanzas sagradas: La lectura de las experiencias de otros, o las revelaciones dadas a ellos, jamás podrán darnos a nosotros un concepto comprensivo de nuestra condición y verdadera relación con Dios. El conocimiento de estas cosas tan sólo se puede obtener por la experiencia, mediante las ordenanzas que Dios ha establecido para este propósito (Ensenianzas del profeta José Smith, pág 400).

   Debido a que las ordenanzas sagradas revelan el orden del reino de Dios de forma progresiva, nuestra participación en ellas nos revela un conocimiento de Su personalidad y carácter que no se puede obtener de ninguna otra manera.

 

UNA PUERTA A LOS CONVENIOS

   2º: Las sagradas ordenanzas del Evangelio son la puerta a los solemnes convenios con Dios. Difícilmente se pueden comprender las ordenanzas sin los convenios, y viceversa. Mediante las ordenanzas realizamos convenios, y mediante los convenios recibimos las ordenanzas. Aunque pueda haber ordenanzas que no lleven aparejado un convenio ~como la bendición y el otorgamiento de nombre a un ninio, la bendición de enfermos o las bendiciones de consuelo~ no hay un convenio eterno que no esté relacionado con una ordenanza. Nuestro sendero hacia Dios se inclina con las sagradas ordenanzas y está gobernado por las condiciones de los convenios relacionados con esas ordenanzas.

   Llegado a este punto, quizás sea apropiado hacer un comentario sobre la naturaleza de los convenios. Sólo Dios nos ofrece o extiende convenios eternos. Él es el autor de todos esos convenios, y el único que tiene la autoridad y el poder para garantizar su validez más allá de la tumba.

   Y todas las cosas que hay en el mundo, ya sean prescritas por los hombres, por tronos, o principados, o poderes, o cosas de renombre, cualesquiera que fueren, y que no sean de mí ni por mi palabra, serán derribadas, dice el Senior, y no permanecerán después que los hombres mueran, ni tampoco en la resurrección, ni después, dice el Senior tu Dios (DyC 132:13).

   Nosotros no podemos iniciar tales convenios porque no poseemos el poder para garantizarlos. En consecuencia, sólo podemos concertar convenios que Dios nos ofrezca, y únicamente lo hacemos de la manera que Él prescribe. Naturalmente, existen numerosos y obvios ejemplos de esto. El Evangelio mismo es el nuevo y sempiterno convenio realizado entre Dios y el hombre. Sólo podemos hacer ese convenio de una manera: mediante el bautismo por inmersión para la remisión de nuestros pecados. Sin obedecer la ordenanza, ni podemos hacer ese convenio ni recibir sus bendiciones. Dios es el único que puede perdonar nuestros pecados y concedernos las bendiciones que conlleva el ser miembros de Su reino, las cuales se reciben mediante el bautismo. Entre esas bendiciones, naturalmente, se incluye el don del Espíritu Santo.

   Las ordenanzas del bautismo y de la Santa Cena están inseparablemente unidas. Mediante el bautismo recibimos una remisión de nuestros pecados; a través de la Santa Cena retenemos la remisión de nuestros pecados (véase Mosíah 4:11~12). Al participar del bautismo y de la Santa Cena, acordamos o hacemos convenio de que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, a guardar Sus mandamientos y recordarle siempre. En ambos casos, y de acuerdo con nuestra obediencia a las ordenanzas, Dios nos promete o hace convenio de que tendremos Su Espíritu con nosotros. El comprender la naturaleza del convenio y el vivir según sus requisitos da vida y sentido a la ordenanza misma.

   El Senior pregunta: ¿Recibiré de tus manos lo que yo no he senialado? (DyC 132:10). La autoridad senialada para realizar las sagradas ordenanzas del Evangelio es tan esencial para validar la ordenanza, como lo es la ordenanza misma para el convenio que la acompania. El Salvador dijo a José en la Primera Visión: Con sus labios me honran, pero su corazón está lejos de mí; ensenian como doctrinas los mandamientos de los hombres, teniendo 'apariencia de piedad', mas negando la eficacia de ella (José Smith~Historia 1:19).

   Es posible que las 'apariencias de piedad' tenga que ver con ordenanzas que son comunes para muchas iglesias cristianas, como el bautismo, la Santa Cena o el matrimonio. Puede que compartan alguna semejanza en la forma de efectuarlas, pero sin la autoridad del sacerdocio y el convenio que le acompania, se niega el poder de la ordenanza. Si eliminamos la autoridad del sacerdocio y la parte del convenio de una ordenanza, sólo nos queda la 'apariencia de piedad'.

 

UNA INVESTIDURA DE PODER DIVINO

   3º: Las sagradas ordenanzas proporcionan a nuestra vida una investidura de poder divino. Durante la conversación que tuvo con Pilato, el Salvador dijo: Mi reino no es de este mundo (Juan 18:36). Numerosos pasajes de las Escrituras nos ensenian que existe una enemistad natural entre el mundo y el reino de Dios. Una de las cosas que distingue al reino de Dios es el sentido de lo sagrado que en él existe, mientras que el mundo sólo puede tener una percepción de lo secular. La digna participación en las sagradas ordenanzas del Evangelio cambia nuestra vida y nos da bendiciones y poder que no podríamos tener de otra manera. El poder mismo de la Expiación queda abierto mediante las sagradas ordenanzas del Evangelio que se efectúan bajo las llaves del sacerdocio. La remisión de los pecados se realiza a través de la ordenanza del bautismo. La confirmacíon trae consigo la promesa de la compañía constante del Espíritu Santo. La ordenación al Sacerdocio de Melquisedec abre el camino para que todo hombre hable en el nombre de Dios (DyC 1:20) al enseniar, bendecir y consolar a los demás. La digna participación en las santas ordenanzas del templo revela nuestras posibilidades eternas y nos coloca en posición de alcanzarlas. El presidente Brigham Young {1801~1877} ensenió sobre la investidura del templo: Su investidura consiste en recibir, en la casa del Senior, todas las ordenanzas que les son necesarias, después que hayan salido de esta vida, para permitirles volver a la presencia del Padre para que los ángeles que estén allí de centinelas los dejen pasar (Ensenianzas de los presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág 318).

   Una de las ordenanzas del Evangelio más hermosas y a la vez más comunes es la de la Santa Cena. A lo largo de nuestra vida participamos de ella miles de veces; pero, debido a su naturaleza siempre presente en la reunión sacramental, fácilmente podemos pasar por alto su significado supremo. El participar dignamente de la Santa Cena puede proporcionarnos una investidura semanal de poder divino.

   Quisiera referirme al pasaje que se suele citar al hablar del bautismo, pero que también tiene una magnífica aplicación a la reunión sacramental:

   Y aconteció que Alma les dijo: He aquí las aguas de Mormón (porque así se llamaban); y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamado su pueblo; y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

   sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo...

   ...¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Senior? (Mosíah 18:8~10).

   ¿No es ésta la descripción perfecta de una reunión sacramental? ¿Acaso no debiéramos todos ir a esa reunión llorando por nuestros pecados y dispuestos a llorar con los que lloran por eso mismo? La promesa que el Salvador hizo en el Sermón del Monte es que los que lloran serán consolados, lo cual sucede durante la administración de la Santa Cena. Creo que esa es la razón por la que vamos a la reunión sacramental. Al participar de la Santa Cena manifestamos nuestra disposición de tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, recordarle siempre y guardar Sus mandamientos; por eso, Dios hace convenio con nosotros de que siempre tendremos Su Espíritu. El Espíritu Santo es el Consolador. Del mismo modo que vamos a la reunión sacramental para llorar por nuestros pecados, así también podemos salir de allí consolados y perdonados de nuestros pecados. ¿Es de extraniar, entonces, que los que se alejan de esta sagrada ordenanza, también se distancien del convenio que conlleva?

   Las ordenanzas sagradas son ordenadas por Dios y son esenciales para nuestra salvación y exaltación. A través de las sagradas ordenanzas del Evangelio aprendemos acerca de Su reino y de Él, hacemos convenios santos y eternos, y recibimos una investidura de poder divino. Todas esas cosas nos acercan a Cristo para que seamos perfeccionados en Él.

   Testifico que podemos venir a Cristo y ser perfeccionados en Él mediante nuestra digna participación en las sagradas ordenanzas senialadas por Dios e instituidas desde antes de la fundación del mundo. Testifico del sacrificio expiatorio de Jesucristo y del poder Salvador de Su santo nombre.

 

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